Silencios que te obligan a revisar tu propia vida. A llamar a quien hace mucho que no llamás. A abrazar. A ser un poquito más fuerte. A postergar un poco menos. Porque la muerte, aunque nos cueste decir la palabra, tiene esa puta costumbre de recordarnos que el tiempo no avisa.
También pienso en lo fácil que nos resulta opinar sobre la vida de los demás. Juzgamos decisiones, juzgamos silencios, juzgamos maneras de vivir. Como si alguna vez pudiéramos conocer las batallas que peleamos cuando estamos puertas adentro de casa.
Gracias, Ernest, por haber pasado con tanta intensidad. Por dejarnos ese desorden hermoso que provocan las personas que viven de verdad. Hasta siempre.















